La verdad es que ver aquella escena me provocó en un segundo un millar de pensamientos que se iban entrelazando en mi cabeza.
Sinceramente, mi vida nunca fue nada agradable. Cuando era pequeño me pasaba los días intentando pasar desapercibido. Durante mi infancia me empecé a dar cuenta, de que el mundo estaba podrido. La crueldad de unos inocentes niños me hizo cambiar. Me hizo pensar en que el mundo en el que nos consumíamos necesitaba un lavado de cara.
Conforme iba creciendo lo iba viendo más y más claro. Veía como cada dos por tres se formaban manifestaciones. La última por la muerte de un niño. De nuevo, lo que en un principio era para protestar y honrar la muerte de aquel pobre chico, no se utilizó más que para dar rienda suelta a la violencia.
Ahora me encontraba allí, delante de aquel tipo tan extraño y de su víctima. Pero aquella violencia no me pareció nada desagradable.
Miré al cadáver que yacía en el suelo y mi mente solo llegó a una única conclusión. Mi destino era encontrarme con aquel muchacho. Os preguntareis por qué, y os diré la razón.
Aquella bola de sebo que ahora se pudría en el infierno no era otro que uno de los profesores del instituto de donde acababa de graduarme. El señor Barricat era su nombre. El gordo, armándose de su figura autoritaria dentro de la jerarquía del colegio, daba clases "particulares" a algunas alumnas suyas...
Asqueroso pederasta pervertido...
Nunca nadie se atrevió a decir la verdad. Llevarle la contraria a aquel despojo conllevaba ciertos peligros. Pero yo ya no estaba en el colegio. Decidí darle su justo castigo.
No me hizo falta investigar mucho para saber que hasta su propia familia lo odiaba, y que todo el dinero que ganaba se lo gastaba en aumentar su desagradable obesidad mórbida. Una de sus costumbres para desempeñar tan desagradable tarea, era que todos los días a las 8 en punto acudía a una de los muchas cafeterías del Barrio Gótico. Sus sinuosas calles me ayudarían en mi labor...o al menos eso planeé para darle "caza".
Pero al parecer alguien se me adelantó.
Al momento una idea adquirió forma en mi mente. Mi mayor meta para alcanzar en mi vida era limpiar de basura la superficie del mundo, y aquel salvaje individuo me podría ser de gran ayuda.
Sin dejar pasar un segundo más y manteniendo la sonrisa que me provocaba el haber hallado mi nueva arma, le tendí la mano.
-Buenas noches.
-Buenas...- Me respondió como alguien que saluda a un vecino.
-Me gustaría conocer el nombre de aquel que ha creado tan maravillosa...-volví a mirar el cuerpo para buscar las palabras adecuadas que describieran el espectáculo que la carne, el hueso y la sangre me ofrecían.- ...obra de arte.
-Me llamo Samael.- Dijo sin dudar, mientras alargaba su brazo bañado en sangre para estrechar mi mano, aparentemente agradecido por mi descripción de su acto.
-Un buen nombre arcángel malvado, el mio es Azrael. Mucho gusto en conocerte.- La sangre de sus manos aun estaba caliente al contacto.
-El tuyo tampoco está mal, ángel de la muerte. - Me sorprendió su conocimiento, pero asentí complacido.
-Dime Samael... ¿Sabes lo que es el mutualismo simbiótico?
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